Hace muchos años que he tenido ganas de hacer el camino de Santiago y el fin de semana pasado, aunque sólo hice un trocito, esos 50 kilómetros han confirmado mi deseo para hacer el camino entero algún día, muy pronto. La verdad es que hacer el camino de Santiago es una experiencia única y estoy muy contenta de estar en esta clase y de haber ido con tod@s.
Cuando estábamos regresando a Madrid en el autobús, me quedé pensando por qué me gustó tanto y la verdad es que no puedo destacar una sola razón sino varias que me gustaría compartir con mis lectores fieles…
Conocer a los otros peregrinos fue una experiencia increíble. Como no es la época habitual de hacer el camino, no había muchos peregrinos. Por lo tanto, conocimos a todos muy bien, en particular, a una americana y a un argentino. Al haber pocos peregrinos, estábamos bastante cómodos en los albergues. De hecho, los dos albergues donde nos quedamos eran fantásticos. El primero en Bolero era un hogar muy tranquilo, dirigido por Juan, un cocinero fabuloso, otro hombre muy majo y Alejandro, un voluntario cuya historia me conmovió muchísimo. Al morir su esposa y dos hijos en un accidente de coche, empezó a caminar por todas partes—Roma, Jerusalén, Santiago, etc..; su coraje me impresionó mucho. Estos tres hombres nos han tratado como si fuéramos parte de su familia: los dueños se convirtieron en nuestros padres, sirviéndonos comida, dándonos más mantas o sencillamente ofreciéndonos unas palabras sabias. Y, los peregrinos, en cierta manera, se convirtieron en nuestros hermanos y hermanas. Personas que nunca conocimos nos dieron consejos sobre la vida, nos explicaron cómo evitar una ampolla y compartieron sus historias tan interesantes. Por último, cuando pasamos por los pueblos, todos nos saludaron, aún los coches y los camiones, animándonos para seguir adelante. Es decir, la idea de “ultrella” estaba presente en todo el camino.
Si tuviera que elegir una sola cosa para describir por qué me gustó tanto el camino, elegiría el aspecto más obvio y sencillo: la caminata. Cuando Alejandro del primer albergue me dijo que había caminado a muchas ciudades como Roma y Jerusalén, le pregunté cuál ha sido su camino preferido y me dijo que eso no era importante porque cada camino es esencialmente distinto. Lo que es más importante es lo que tú aprendes en ese camino y en mi opinión, a quién conoces. Ir andando a pie por varias horas, parando sólo de vez en cuando, fue una experiencia increíble. En este último mes, he estado muy estresada porque estoy esperando las decisiones de programas graduados. Por lo tanto, he pasado la gran parte de mis días, leyendo mi correo electrónico y preocupándome de un futuro tan incierto y nuevo. Por suerte, al hacer este camino, escapé de este mundo estresado para apreciar la belleza de la naturaleza, a saber, el campo verde, el cielo azul, los árboles y el aire tan fresco y limpio. En particular, mi parte preferida ha sido los últimos 4 kilómetros para llegar a Agés, el final de nuestro viaje. Ese último trayecto era bastante llano y el sol estaba bajando poco a poco; por lo tanto, tuve tiempo para reflexionar y disfrutar del momento glorioso. También, me gustó mucho la visita a la iglesia de San Martin en Frómista. Es una iglesia tan pequeña pero tiene su encanto, especialmente el exterior.
Después de ver la película de esta semana, hemos dicho que al terminar el camino, el peregrino “muere” e inicia una nueva vida. Nunca he pensando en esa idea, pero es verdad. O sea, los dos días andando me dieron más ánimo para terminar este semestre con nueva energía y enfrentarme con nuevos obstáculos de la vida. En la clase de Don Quijote, analizamos la bajada de DQ a la cueva de Montesinos, estudiando “el proceso de iniciación”, una teoría propuesta por Mircea Eliade que destaca tres etapas:
1) la preparación del novicio/el aspirante
2) el viaje al “más allá”, o sea, la entrada al otro mundo
3) el regreso – la renovación – la vuelta al mundo de los vivos
En cierta manera, creo que como peregrinos y estudiantes, hemos preparado física y mentalmente para este camino. En la segunda etapa, Eliade propone que al entrar en otro mundo, típicamente un lugar apartado, la persona vuelve a un estado prenatal porque no tiene tentaciones y sobre todo, distracciones. Es una “muerte simbólica”. Al final, el peregrino vuelve al mundo anterior, para nosotros, nuestros estudios en Madrid, pero con un “nuevo saber”, otro conocimiento, otra experiencia.
En cuanto al camino me hubiera gustado hacerlo hasta Santiago. Desafortunadamente, no puedo ir a este viaje opcional durante las vacaciones, pero en mi opinión, si un estudiante se ha apuntado a esta clase, un viaje a Santiago debería ser obligatorio. Y, si eso no es posible porque tenemos que faltar uno o dos días de clase, me hubiera gustado llegar a una catedral al final del camino. Por supuesto, me encantó el segundo albergue y Agés es un pueblo bonito, pero era un final un poco anti-climático, por lo menos para mí.
Además de estas reflexiones, sólo quiero utilizar este espacio para agradecer a todos mis compañeros de clase. Aunque hemos ido como un grupo, tuvimos muchas oportunidades de andar solos. La verdad es que me gustó tener estas dos opciones porque además de tener tiempo para reflexionar, también pude conocer mejor a mis compañeros y compartir esta experiencia tan inolvidable con ellos. Por cierto, pienso hacer los últimos 100 kms si a alguien le interesa...¡ultrella!